El modelo agroindustrial habla de una “cadena” alimentaria, con Monsanto en un extremo y Wal-Mart en el otro: una cadena sucesiva de empresas agroindustriales, fabricantes de insumos (semillas, fertilizantes, pesticidas, maquinaria) vinculadas con intermediarios, procesadores de alimentos y comerciantes al menudeo.
Noventa y seis por ciento de toda la investigación agrícola y sobre alimentos ocurre en los países industrializados y el 80 por ciento de esa investigación se ocupa del procesamiento y distribución de alimentos. En la última mitad del siglo pasado, la cadena alimentaria industrial se consolidó tanto que cada eslabón —de la semilla a la sopa— lo domina un puñado de multinacionales que trabajan con una lista de bienes de consumo cada vez más restringida, que tiene a la humanidad en peligro de desnutrición o sobrepeso. (Grupo ETC: Quién alimenta al mundo)

De ésto, pero también de experiencias campesinas en América Latina, tejido comunitario y recursos naturales y la lucha de pueblos originarios por conquistar sus derechos (y no solo leyes) habla el número 64 de la revista Biodiversidad, sustento y culturas.

Éste número viene ilustrado con imagenes de Rini Templeton y fotografías de un servidor capturadas en los pueblos de Tláhuac, Ciudad de México, donde el campo vive hoy un futuro incierto paralelo a la construcción de grandes megaobras.

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