Maurilia no tiene fuerzas para caminar, habla palabras inconexas entre el español y el tu’un savi (mixteco) y parece no tener noción de tiempo y espacio. Se muerde los dedos y parece contener un llanto reprimido.

Maurilia nació el 12 de noviembre de 1982 en su casa, con la ayuda de una partera. Su infancia transcurrió sin problemas aparentes de salud. Cursó hasta el segundo grado de primaria, por carencia de recursos para seguir estudiando, y continuó apoyando a su madre y su hermano en las labores del campo, además de pastorear los chivos.

En el año 2002, con 19 años de edad, comenzó a sufrir de fuertes dolores de cabeza y vómitos frecuentes con sangre. No fue atendida, pues en la comunidad no hay algún médico al cual acudir.


Comenzó a padecer de alucinaciones. Dejó de comer y creía observar serpientes que le querían hacer daño, sin que hubiera nada alrededor. Hacia el año 2003, su cuerpo se empezó a deteriorar.

Para recibir atención médica, y en la desesperación, la familia vendió un terreno y los animales y la llevaron a un médico particular en Tlapa de Comonfort, al menos a 3 horas de distancia en vehículo. El medicamento sólo le ayudó durante dos meses. Maurilia destruyó el estudio, que le diagnosticaba un daño cerebral, en un arranque de ira incontrolable.

En la comunidad existe una casa de salud, pero la familia decidió no acudir pues, para ser atendidos, deben pagar por el servicio.

En agosto de 2008, un equipo del Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan se internó en la comunidad para corroborar y documentar el caso. Desde al menos 3 años, la familia la había amarrado con una soga a un árbol en el patio, debido a sus arranques de agresividad.

En el día permanecía caminando o sentada alrededor del árbol, y por la noche o cuando llovía, se arropaba bajo un tapanco con palos de madera. Tras entregar un informe a la Secretaría de Salud en la región Montaña, una ambulancia subió a la comunidad y la llevó al hospital de Tlapa. Los niños salieron corriendo de la escuela: jamás habían visto una.

La visita de Tlachinollan a Costilla del Cerro reveló otra serie de anomalías: niños de la comunidad presentaban deformaciones corporales en las extremidades, dificultades o incluso imposibilidad de hablar. Las enfermedades comenzaban con unas manchas en los rostros y seguían con un progresivo deterioro físico hasta la imposibilidad de caminar. Es el caso de Agustín y sus primos y de varios niños de la comunidad.


Algunas casas de la comunidad están marcadas un sello de la Secretaría de Salud. La dependencia nunca reportó los casos.

En aquel entonces Maurilia tenía 25 años de edad y, dado el contexto de violencia en la región, se desconoce si aún vive.

Costilla del Cerro representa, el abandono de la salud pública de los pueblos originarios en México. Un servicio público que sólo se presta a cambio de dinero. Y Maurilia, por si misma, es la historia de una cuadruple discriminación: ser mujer, ser indígena, ser pobre y padecer problemas mentales.

Las imagenes forman parte de la exposición Mujeres campesinas, mujeres indígenas, defensoras ignoradas, difundida por Amnistía Internacional México,y fueron tomadas para el Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan en el año 2008.