Nosotros nos subimos al autobús en Ciudad del Carmen pardeando la tarde. En la laguna de Términos se hundía el sol entre las nubes volviéndolas jirones de lana. El camino sería largo y los vendedores trepaban sin mucho trámite a ofrecer mango con chile, refrescos y jugos. Tardó en salir el camión (después entenderíamos por qué) y para cuando recorrimos las primeras cuadras por la ciudad, las sombras se apoderaban de las esquinas y el horizonte se perdía en las farolas que se fueron encendiendo. Aunque nos extrañó que no tomara de inmediato la avenida por la que se sale del puerto hacia el larguísimo puente que conecta con tierra firme, de plano nos desconcertó que comenzara a penetrar un barrio de calles angostas y diagonales cercanas al agua de la laguna, algunas de ellas anegadas por el desnivel de la ciudad y la ausencia de drenajes. (…)

Ramón Vera Herrera, La Cacería

Ojarasca, La Jornada. Número 203, marzo de 2014