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Caifanes: retorno en desincronía

Caifanes. Foto: Alejandro Meléndez

Para quien haya conocido el rock en los ochenta e incluso en los noventa, parte del ritual era ir preparado para cualquier situación. Desde llevar la vestimenta adecuada y prever un frenético slam hasta terminar enfrentándose a una redada policiaca, buscar lugares prendidos para comer y beber, continuar la convivencia, brincar los torniquetes del metro en estampida y en general, encontrarse con otros con los que se compartiera la identidad.

Pero el ritual en el rock, por muy frenético que fuera, tenía sus límites, sobre todo la solidaridad, cuando al caer alguien al suelo todos los que estuvieran a su alrededor abrían un perímetro para ayudarle a que se levantara. O se compartían la chela y los objetos fumables entre varios, incluso desconocidos. Desbordar la energía era la clave.

Es el 2011. Para el Vive Latino, organizado cada año desde hace once, hay que esperar poco de ello.

Desde que el costo impide la entrada a muchos. Ahí empezamos a hablar de otro público. Ese que, como en muchos eventos organizados por Ocesa, es quien menos importa mientras consuma espectáculo y pague por ello. No importa que la cerveza, en envase de cartón, cueste setenta pesos y esté rebajada con agua. Al final, con el sol a tope, tomas eso o agua o refresco. Ah, y no puedes llevar el tuyo ni salir a comprar. O que las pantallas estén fuera de sincronía con la música y muestren cuadros fuera de foco.

“Detalles” como esos o que haya el riesgo de aplastamiento cuando se cierran todos los accesos para que forzosamente tenga uno que rodear el Foro Sol y pase, gústele o no, por el pasillo de vendedores. En fin, detalles que pueden esperarse cuando el público no exige respeto por sí mismo. Hablamos de una generación que antes que cantar y bailar, twittea y postea en su Facebook “Estoy en el Vive!!!!”.

El silencio del volcán

Muchos, como este escribidor, fuimos con el objetivo de ver a la banda (y en general las demás bandas nos importaban poco o ya las conocíamos), después de quince años de separación y que hicieron un largo silencio. Algunos éramos niños o pubertos aún cuando coreábamos “afueeeeeera”. Ya no lo somos. Ya hay quienes llegaron con sus niños o pubertos que corean “afueeeeera”. Del underground al mainstream, vimos pasar y crecer la historia de esta banda cuyos integrantes derrochaban un talento musical proporcional a sus problemas internos. Los mismos que les llevaron a ser cada vez menos miembros. Los supimos en tocadas masivas de banda gruesa, y los vimos en la portada de Eres.

A partir de que abrieron con “será por eso”, el coro del público no paró hasta morir. En vez de mecheros de fuego, celulares y blackberrys hacían un acompañamiento poco original… Entre otras, Caifanes cantaron durante poco más de hora y media “antes de que nos olviden”, “miedo”, “el negro cósmico”, “la negra Tomasa”, “afuera”.

Quedó fuera “Debajo de tu piel” pese a ser solicitada por muchos.

La banda logró la sincronía… no así, Saúl Hernández, en voz y guitarra y la cara más visible. Uno de los errores de cámara dejó entrever, detrás de un bafle bajo el micrófono, que aparecía el inicio de la letra de “hasta morir”. Al menos en tres ocasiones trastabilló las letras, lo que disimuló pasando el micrófono al público o repitiendo estrofas.

Tampoco había que esperar demasiado de este retorno, más por ser tan sorpresivo. Cuando el volcán se apagó, tras la aparición de Jaguares (liderada por Saúl nuevamente y con la batería de Alfonso André y la aparición esporádica del bajista Sabo Romo), la energía de la música se desvió por otros rumbos, sin querer abandonar el pasado, sin atreverse a renovarse del todo, pero negándolo. Esta vez, en el retorno, Saúl lucía desconcentrado y cantando como líder de Jaguares, sin embargo, el resto del grupo fue de una entrega total: Alejandro Marcovich a la guitarra, Alfonso André a la batería, Sabo Romo clavadísimo en el bajo y un Diego Herrera a los teclados con pocos pero impecables momentos. Como que Saúl metamorfeó, pero se lo comió Morfeo.

O… ¿de plano este tlacuilo acabó siendo un amargado de los ochenta?

Publicado originalmente en El Catrín, en abril de 2011

Fotografía de Alejandro Meléndez

El límite en la postproducción: ¿hasta dónde photoshopear?

Es laxo el límite en el fotoperiodismo para la postproducción de imagenes. La cuestión parece muy obvia pero los debates siguen encendiendo pasiones: algunos puntos de vista más ‘tradicionales’, otros más ‘vanguardistas’ (por poner unas etiquetas). En otras palabras, ¿hasta dónde nos permitimos photoshopear las imagenes? ¿Puede alguien lanzar la piedra y decir que no utiliza herramientas de retoque y edición?

¿Debemos clavarnos en la credibilidad de la fotografía (con los evidentes montajes publicitarios/propagandísticos existentes desde la propia existencia de la fotografía y aún antes) o en la veracidad del fotógrafo?

Y es que la búsqueda de popularidad, fama o que simplemente sea publicado un trabajo nos ha llevado a excesos. O el deseo de llegar a concursar para el World Press Photo llegó a polémicas hasta solicitar a los concursantes los archivos originales al percatarse de evidentes manipulaciones y ha alcanzado francas descalificaciones como la recibida por Stepan Rudik, ésta última discutida por los criterios aplicados.

Me gustaría compartir algunos apuntes durante el taller impartido en la Ciudad de México por Emilio Morenatti (AP). Más de una veintena de reporteros gráficos compartimos un problema común en nuestro trabajo: no sabemos cómo editarnos a nosotros mismos.

Observa Morenatti:

  • La fotografía debe ser clara y no funciona si hay mensaje oculto.
  • La edición nos llevará de tener 1500 imagenes a 15. Es importante poner atención en qué tan efectiva es la imagen, si no está repitiendo situaciones o escenarios en una serie.
  • Recuperar la credibilidad perdida es algo muy difícil.
  • Hay que ser militantes y serios con no permitir la creación de montajes (forzar situaciones, hacer que alguien llore, etc). Es importante la presencia invisible del fotógrafo. Sin embargo en caso que una imagen sea posada (por ejemplo, un retrato o un individuo que reacciona ante la cámara) hay que dejarlo bien claro en el pie de foto.
  • Hay trabajos ‘estereotipo’, que no logran madurez.
  • Es importante dar un paso atrás, permitir cierto aire (espacio) en la imagen.
  • También es importante tener cuidado con las luces altas (highlights), en lo posible evitarlas.

Darío López Mills, editor de fotografía de AP México, hizo hincapié en la falta de respeto al pie de foto. Existe toda una convención estándar internacional que ha abocado en organizar los metadatos para dar claridad a los pies de foto (La IPTC) . Hay que identificar a las personas, incluso en la foto de vida cotidiana (“Pedro Vázquez señala el lugar donde…”). No es el único editor que ha mencionado esta carencia, por cierto.

Viñeteo, más bonito

Otro de los puntos abordados fue el efecto de viñeteo (vignetting), del cual hemos abusado como un parámetro oficial en las imagenes. No en balde se bromea que el ganador de los grandes premios es Photoshop. En un ejercicio corto, y en tono chacotero, vimos lo fácil que era volver ‘interesante’ con viñeteado y saturación una imagen francamente aburrida.

El viñeteo por sí es un error de variación cromática en el lente con el diafragma abierto causante de bordes oscuros en las esquinas. Sin embargo, se volvió una tendencia de moda en la fotografía digital, fácilmente logrado con un poco de parámetros de Lightroom o Camera Raw.

A ver. Una pausa. No culpo al potente programa de nada, intento recuperar las cosas más importantes: es claro que una imagen montada o excesivamente postprocesada mas tarde o más temprano será descubierta y denunciada como mentira, propaganda o pose. El problema es más sobre ética y reconocer nuestros errores y limitaciones y especialmente, corregirlos con honestidad. Es más una cuestión de compromiso personal.

Es como si nos imaginamos erróneamente que tenerla última versión de Photoshop nos hace ‘mejores fotógrafos’ y dejamos todo a su magia… justo es eso lo que hemos de evitar (además que no es el único programa que existe).

Podemos recapitular algunas de las reglas estándar que expone la agencia Reuters para sus fotógrafos:

Lo permitido:

  • Recorte (Crop)
  • Ajuste de Niveles hasta los límites del histograma
  • Corrección menor de color (Balance de blancos)
  • Enfoque con los parámetros: cantidad/ammount: 300%; radio/ratio: 0.3; máscara/threshold: 0
  • Uso cuidadoso de la herramienta lazo
  • Uso sutil de la herramienta Sobreexponer
  • Ajuste de luces y sombras

Lo no permitido:

  • Adicciones o sustracciones a la imagen
  • Clonado o herramienta Healing (excepto para quitar polvo)
  • Pinceles, brochas, pintura
  • Enfoque selectivo
  • Aclaramiento/oscurecimiento excesivo
  • Cambio tonal excesivo
  • Niveles Automáticos
  • Desenfoque
  • Herramienta borrar
  • Máscara rápida
  • Enfoque ajustado desde la cámara
  • Estilos de saturación incrustados en la cámara

En resumen, como regla general (en casi cualquier lugar… serio):

  • No se añaden ni se quitan elementos de la imagen
  • No se excede en la iluminación o sombreado
  • No se excede la manipulación de color y se limita al balance de blancos

Brian Horton, en AP Guide to Photojournalism (McGraw Hill, 2002, 2° edición) escribe la política de esa agencia que estableció en 1990:

“Sólo las normas establecidas de métodos estándar de impresión permitidos, como sobreexposición, subexposición, corrección de tono y recorte son aceptables. El retoque está limitado a la eliminación de rayones y puntos de polvo normales. El contenido de la fotografía NUNCA* será cambiado o manipulado de ninguna manera”

* subrayado del orignal en inglés

En conclusión…

Hay una palabra que describe, a mi parecer, el procesamiento la fotografía digital: el engolosinamiento. Pero podemos decidir ponernos límites. La existencia de programas cada vez más evolucionados facilita el trabajo, aunque la aparente perfección en algunos resultados nos hace cuestionarnos sobre la credibilidad de la fotografía. Y es más duro aún cuando es el público quien se da cuenta.

Lo que queda dañado es la seriedad y la confianza. Puede uno quizá ganar un premio y tal vez engañar al público, mas no a sí mismo. Los casos que han sido expuestos por estas situaciones nos pueden servir más como ejemplo a aprender que como burla: todos nos equivocamos, pocos lo admitimos y menos lo corregimos. No puedo negar, viendo hacia atrás luego de este taller, momentos casi abusivos de la herramienta, por lo que, en consecuencia, cada vez hago menos ajustes e intento hacer la edición desde la toma, es algo con lo que me comprometo personalmente. ¿Vale la pena tirar por borda la credibilidad de un proyecto profesional por un reconocimiento o por quedar bien?

¡Ay Dios! La exposición correcta se ve horrible

Una de las primeras cámaras digitales que tuve fue una Vanta @pix50 de color rojo. ¿Tampoco te suena? Bueno, es que parecía de juguete y lo era, pero con eso empecé. Sus metadatos Exif escriben: “DIGITAL CAMERA”. Así que imagina, las buenas tomas de novato logradas con una cámara económica frente a los talentosos que estrenaban sus EOS Mark II con grandes flashes, intercambiaban lentes y se levantaban la melena cual estrellas de rock… ja.

Algunas pequeñas muestras de lo que hacía la cajita roja:

Pero ésta historia tiene un gato encerrado…

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La credibilidad del personaje

“El personaje evoluciona. Si no, es un personaje pinche”. Mientras hacía a pluma una caricatura del profesor Magaña en mi cuaderno, escuché ésta frase que me hizo incorporar y poner atención a la cátedra. Hablábamos de cómo describir un personaje dentro de una narración. (En periodismo, los rasgos que capturamos y percibimos, pues no pueden ser inventados).

Explicaba: un personaje es tridimensional de este modo.

Lo físico Lo social Lo psicológico
  • Complexión
  • Estado de salud
  • Color de piel
  • Deformaciones
  • Herencia ligada al sexo
  • Núcleo familiar
  • Escuela
  • Amigos
  • Trabajo
  • Personalidad
  • Traumas
  • Salud mental
  • Patologías

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