Esta es la historia de un insecto.
Es, también, la historia de una cultura.

Pero, sobre todo, es la historia de supervivencia del entorno que comparten abejas y mayas.

Empecemos contando lo que sucedió hace seis años en Cancabchén, una pequeña comunidad indígena del municipio de Hopelchén, en Campeche. De un día para otro, los hombres y mujeres que se dedican a la producción de miel se acongojaron al mirar miles de abejas muertas alrededor de sus apiarios. No conocían las causas. Ese año los habitantes del pueblo padecieron una fuerte crisis económica. En Cancabchén, poco más de la mitad de sus 500 habitantes vive de la producción de miel.

—Tenemos dinero por las abejas. Sembramos maíz, calabaza, pero eso es para nosotros, para el consumo de la familia, no para vender. Lo que vendemos es la miel. El sustento de la familia lo tenemos gracias a las abejas —quien habla es Angélica Ek, apicultora de 36 años y exrepresentante del comisariado ejidal de Cancabchén. Como la mayoría de sus vecinos, ella aprendió el manejo de la abeja Apis mellifera, al observar cómo lo hacían sus padres.

—Cuando un hombre cumple 18 años, su papá le da sus abejas. Es como su herencia, si él sabe cuidarlas, atenderlas y aprende a reproducirlas de ahí va a tener dinero.

Las damas de la miel. Texto: Thelma Gómez Durán / Publicado en QUO número 205, noviembre de 2014
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Es de madrugada. Roberto Altamirano se desliza como un fantasma sobre su balsa por uno de los canales solitarios de Cuemanco, en Xochimilco. Como desde hace muchos años, el experimentado pescador ha salido en busca del habitante más exiguo de esta aguas: el ajolote.

Esta noche, como ha sucedido en los últimos años, a Roberto y a otros pescadores de esta zona del sureste del valle de México les cuesta muchísimo trabajo hallar al mal llamado “monstruo del agua”.

Entre el claroscuro que deja la luz que envía la gran ciudad, “Pichi” —el joven ayudante que acompaña a Roberto— empuja con el largo remo la menuda embarcación de madera. Así, arropados por la soledad y espiados por los largos árboles de ahuehuete que reflejan sus ramas en las aguas oscuras, esperan incansables mientras, arriba, en el cielo, una luna creciente dibuja su fina sonrisa.

-> Texto de Julio I. Godinez. / Publicado en QUO 205, agosto de 2014