Chilapa, Guerrero
Chilapa, Guerrero

Son el rostro más crudo del abandono del Estado: mujeres indígenas y pobres, que buscan los restos de sus esposos, hermanos e hijos, con ramas y bolsas para el pan. Y los huesos salen de una tierra donde la impunidad rebasa cualquier límite. Porque en Chilapa nada detiene el espanto: ni los federales, ni el Ejército, ni la ONU. El desafío criminal es tan grande, que hasta las fosas ya descubiertas se vuelven a usar

CHILAPA DE ALVAREZ, GUERRERO.- “¡No chingues, vaca!”, gritó Bernardo Carreto cuando reconoció al hombre armado que estaba apostado en el camino de terracería. El tirador atinó el disparo en la cabeza de Carreto, quien perdió el control de su camioneta y terminó por volcarse en un desnivel. El cadáver del hombre regordete, moreno, casi lampiño, de mirada bizca, quedó sangrante en la pequeña milpa de maíz junto al camino.

José Díaz Navarro, líder del grupo de búsqueda de desaparecidos en Chilapa, narra esta historia en el mismo lugar donde ocurrió el asesinato hace apenas cinco meses, en diciembre de 2015. Una veintena de mujeres indígenas escucha atenta el relato, antes de depositar un ramo de gerberas blancas en el cenotafio de Bernardo Carreto.

-> Pie de Página: La cara miserable de la muerte.

Texto: José Ignacio De Alba. Fotos: Arturo De Dios Palma. Video: Prometeo Lucero.

Parteras en Guerrero
Isabel Vicario Natividad, partera indígena na´savi (a la izquierda) revisa a una jóven embarazada en la Casa de la Mujer Indígena Nellys Palomo Sánchez, una organización local indígena independiente en San Luis Acatlán, Guerrero, el 10 de septiembre de 2014. La pobreza extrema y la carencia de servicios públicos en Guerrero, al sur de México, particularmente en las regiones indígenas, son causa de numerosas muertes. La morbilidad materna en Guerrero es de más de 91 muertes por cada 100 mil nacimientos, mientras que la medida media nacional es de 43.

SAN LUIS ACATLÁN, GUERRERO.— Ella posa sus manos sobre ese vientre voluptuoso y lo toca apenas. Palpa esa redondez y le traza una cruz que lo divide en cuatro, mientras murmura estas palabras: “Protégelos. Dales fuerza para su camino, que lleguen bien en su parto. Niño dame permiso de revisarte que todo esté bien”.

Ella, Hermelinda Roque García, reza y posa sus manos como mariposas sobre el vientre de Sonia que espera a su segundo hijo. Sonia, acostada en una cama de la Casa de la Mujer Indígena Neli Palomo Sánchez, en San Luis Acatlán, en la costa chica de Guerrero, mira al techo y se deja tocar. Sus puños se aprietan a los lados. Este segundo embarazo inició con una amenaza de aborto y esta mañana de agosto, un dolor agudo en el abdomen la trajo aquí.

-> Domingo La lucha por ser dueñas de su cuerpo | Por Daniela Rea / Fotos: Prometeo Lucero

(Este trabajo se realizó con el apoyo de la Red de Periodistas de a Pie, en colaboración con la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derecho Humanos A.C. (CMDPDH), como parte del proyecto de protección de los defensores de derechos humanos financiado por la Comisión Europea. El contenido no refleja la posición de la UE.)

San Salvador Atenco
San Salvador Atenco

San Salvador Atenco, Estado de México. En lo alto del cerro Tepetzingo, donde se encuentran algunos antiguos grabados de origen prehispánico, el viento refresca el clima. Desde la altura, donde abundan nopales, flores y plantas silvestres, se divisan varios horizontes hacia donde se quiera mirar: la ciudad de México, Texcoco, Ecatepec, Coacalco, los cerros de Iztapalapa y con el ambiente limpio, hasta los edificios de Santa Fe. El sonido cotidiano del campo y el viento se corta a momentos por el paso de los aviones provenientes de las actuales terminales aéreas.

Martha Pérez Pineda, ejidataria e integrante del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra (FPDT), recapitula las maniobras del gobierno en la etapa posterior a la excarcelación de los activistas presos desde mayo de 2006 hasta 2010.

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El Mezquital, Hidalgo
El Mezquital, Hidalgo

Santiago de Anaya, Hidalgo. El paisaje luce gris en El Palmar, comunidad hnä hñü (otomí) de Santiago de Anaya. Cuando Venancia Cruz Dominguez describe la vida cotidiana aquí, una palabra es recurrente en su testimonio: tristeza.

Afuera de su domicilio, a menos de 5 kilómetros de distancia de la Cementera Fortaleza, se escucha constante el paso de vehículos pesados. El aire y la lluvia limpiaron un poco el ambiente, aunque dice Venancia, normalmente en sus mezquites, magueyes y biznagas se encuentra un fino polvo grisáceo.

A simple vista, alrededor de la Fortaleza solo hay polvo, postes y mucho cemento. Eso sí, un pequeño invernadero con cactáceas presume ‘área protegida’ con logotipos institucionales de las autoridades ambientales.

Sin embargo, los integrantes del Movimiento Indígena de Santiago de Anaya han hecho de esa tristeza un impulso para luchar contra el gigante gris, la cementera Fortaleza, activa desde 2013.

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Una autopista podría atravesar el Gran Bosque de Agua, en los límites del poniente del Distrito Federal con el Estado de México. Este bosque, uno de los últimos proveedores de agua y aire puro en la zona conurbada, será cortado por la autopista Toluca- Naucalpan, concesionada a la constructora Teya (filial de Grupo Higa) y promovida como “autopista verde”. El pasado 9 de julio, la presidencia de la República publicó un decreto de expropiación en el Diario Oficial de la Federación para abrir paso, “legalmente”, a las obras de construcción de la carretera.

En respuesta, el Frente de Pueblos Indígenas en Defensa de la Madre Tierra mantiene un campamento de resistencia en uno de los terrenos expropiados. El paso de maquinaria está bloqueado, temporalmente, por pequeñas barricadas de piedra y troncos. La herida en la tierra roja dejada por el paso previo de trascavos está cubierta en algunos puntos con cemento y una vena de agua que antes fue un pozo comunitario, se encharca. Los otomíes tienen prohibido ingresar en los terrenos, por lo que hay preocupación por posibles represalias.

El clima es frío por la altura aunque los niños parecen despreocupados y corren cubiertos con ropa delgada. Aun de mediodía, hay aguanieve bajo algunos magueyes. Algunos activistas limpian el campamento mientras otros reparan las fugas en la lona usada como techo y otros apoyan en la cocina o lavan trastes.

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Cucapah, Indiviso, Baja California
Hilda Hurtado Valenzuela, presidenta de la Sociedad Cooperativa del Pueblo Indígena Cucapah. Indiviso, Baja California.

 

EL MAYOR, BAJA CALIFORNIA.En su lengua, Cucapá significa “gente del río” o “los que vienen y van donde va el río”. Durante más de 500 años, los integrantes de este pueblo amerindio han habitado las márgenes del delta del río Colorado, en el Valle de Mexicali, donde comienza la península mexicana de Baja California.

Son pescadores y artesanos. Los une la familia, la pesca, los kurikuri (rituales) y las ceremonias fúnebres. Y ahora, además, la lucha por no desaparecer, en una batalla que lideran sus mujeres.

“Soy Hilda Hurtado Valenzuela. Soy pescadora. Y soy Cucapá”, dice, a modo de presentación, la presidenta de laSociedad Cooperativa del Pueblo Indígena Cucapá, que también habita en el vecino estado estadounidense de Arizona.

-> Publicado en IPS NoticiasEl pueblo Cucapá se niega a su extinción en México | Texto: Daniela Pastrana


La pelea de tigres, primero en Acatlán, Chilapa, y mas tarde en Zitlala, estado de Guerrero, es un ritual de los pueblos nahuas para pedir la lluvia. La creencia es que mientras más peleas haya, mejores lluvias habrá para el campo. La pelea en sí, es una ofrenda a la tierra.