Para quien haya conocido el rock en los ochenta e incluso en los noventa, parte del ritual era ir preparado para cualquier situación. Desde llevar la vestimenta adecuada y prever un frenético slam hasta terminar enfrentándose a una redada policiaca, buscar lugares prendidos para comer y beber, continuar la convivencia, brincar los torniquetes del metro en estampida y en general, encontrarse con otros con los que se compartiera la identidad.

Pero el ritual en el rock, por muy frenético que fuera, tenía sus límites, sobre todo la solidaridad, cuando al caer alguien al suelo todos los que estuvieran a su alrededor abrían un perímetro para ayudarle a que se levantara. O se compartían la chela y los objetos fumables entre varios, incluso desconocidos. Desbordar la energía era la clave.

Es el 2011. Para el Vive Latino, organizado cada año desde hace once, hay que esperar poco de ello.

Desde que el costo impide la entrada a muchos. Ahí empezamos a hablar de otro público. Ese que, como en muchos eventos organizados por Ocesa, es quien menos importa mientras consuma espectáculo y pague por ello. No importa que la cerveza, en envase de cartón, cueste setenta pesos y esté rebajada con agua. Al final, con el sol a tope, tomas eso o agua o refresco. Ah, y no puedes llevar el tuyo ni salir a comprar. O que las pantallas estén fuera de sincronía con la música y muestren cuadros fuera de foco.

“Detalles” como esos o que haya el riesgo de aplastamiento cuando se cierran todos los accesos para que forzosamente tenga uno que rodear el Foro Sol y pase, gústele o no, por el pasillo de vendedores. En fin, detalles que pueden esperarse cuando el público no exige respeto por sí mismo. Hablamos de una generación que antes que cantar y bailar, twittea y postea en su Facebook “Estoy en el Vive!!!!”.

El silencio del volcán

Muchos, como este escribidor, fuimos con el objetivo de ver a la banda (y en general las demás bandas nos importaban poco o ya las conocíamos), después de quince años de separación y que hicieron un largo silencio. Algunos éramos niños o pubertos aún cuando coreábamos “afueeeeeera”. Ya no lo somos. Ya hay quienes llegaron con sus niños o pubertos que corean “afueeeeera”. Del underground al mainstream, vimos pasar y crecer la historia de esta banda cuyos integrantes derrochaban un talento musical proporcional a sus problemas internos. Los mismos que les llevaron a ser cada vez menos miembros. Los supimos en tocadas masivas de banda gruesa, y los vimos en la portada de Eres.

A partir de que abrieron con “será por eso”, el coro del público no paró hasta morir. En vez de mecheros de fuego, celulares y blackberrys hacían un acompañamiento poco original… Entre otras, Caifanes cantaron durante poco más de hora y media “antes de que nos olviden”, “miedo”, “el negro cósmico”, “la negra Tomasa”, “afuera”.

Quedó fuera “Debajo de tu piel” pese a ser solicitada por muchos.

La banda logró la sincronía… no así, Saúl Hernández, en voz y guitarra y la cara más visible. Uno de los errores de cámara dejó entrever, detrás de un bafle bajo el micrófono, que aparecía el inicio de la letra de “hasta morir”. Al menos en tres ocasiones trastabilló las letras, lo que disimuló pasando el micrófono al público o repitiendo estrofas.

Tampoco había que esperar demasiado de este retorno, más por ser tan sorpresivo. Cuando el volcán se apagó, tras la aparición de Jaguares (liderada por Saúl nuevamente y con la batería de Alfonso André y la aparición esporádica del bajista Sabo Romo), la energía de la música se desvió por otros rumbos, sin querer abandonar el pasado, sin atreverse a renovarse del todo, pero negándolo. Esta vez, en el retorno, Saúl lucía desconcentrado y cantando como líder de Jaguares, sin embargo, el resto del grupo fue de una entrega total: Alejandro Marcovich a la guitarra, Alfonso André a la batería, Sabo Romo clavadísimo en el bajo y un Diego Herrera a los teclados con pocos pero impecables momentos. Como que Saúl metamorfeó, pero se lo comió Morfeo.

O… ¿de plano este tlacuilo acabó siendo un amargado de los ochenta?

Publicado originalmente en El Catrín, en abril de 2011

Fotografía de Alejandro Meléndez

Autonomía: terapia de choque contra acaparamiento de tierras y sistema agroalimentario global

Nunca antes había sido tan claro que desde el fondo de los tiempos, los pueblos y comunidades, la gente común (con una gran complejidad de orígenes e historias), siguen ahí y los sucesivos sistemas “dominantes” están más y más desesperados por controlarlos. Es gente que guarda sus ancestrales semillas nativas (ejerciendo su custodia e intercambio). Que en su sentido más amplio cultiva alimentos para su propia comunidad y en gran medida para el mundo. Que vive en resistencia reivindicando, cada vez más, autonomía y autogobierno. Hablamos de comunidades que desde siempre han puesto su vida entera al servicio del mundo ejerciendo un cuidado y un equilibrio entre plantas, animales, la lluvia, los torrentes y fuentes de agua que alimentan el monte, entre los “seres naturales y espirituales” y que cultivan también la memoria y presencia de nuestros vivos y de nuestros muertos.

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